El Porfiriato Desde 1876 hasta 1911 —con una breve interrupción durante el periodo de 1880 a 1884—, la presidencia del país fue ocupada por un solo hombre: Porfirio Díaz. Durante este periodo México entra en una nueva dinámica. Por un lado, se presenta un crecimiento acelerado aunado a una gran moder-nización económica, pero por el otro, un sistema político dictatorial, en el cual el propio Díaz era el eje sobre el que giraba todo el poder político. Porfirio Díaz dio al país su primera etapa de estabilidad desde la Independencia. Ello fue posible gracias a que México vivía bajo una dictadura relativamente benigna, donde el poder político estaba concentrado y todos los actores aceptaban de forma incondicional al dictador como el árbitro inapelable y al que obligadamente se tenía que recurrir en caso de que los diversos intereses entraran en pugna. La máxima que regía la actuación del porfirismo era “poca política y mucha administración” y estaba basada en una férrea voluntad negociadora y en la instrumentación de una estrategia de cooptación, más que en el enfrentamiento. Durante el porfiriato se logra unificar y consolidar al Estado mexicano como tal. El país se encamina hacia una aguda centralización política. Se desarrollan instituciones legales y administrativas. Claramente, el proceso modernizador estuvo impulsado por la creación de un espacio económico nacional, es decir, se comenzaron a desarrollar mercados tanto de capital, como de bienes y de trabajo: durante este periodo, el país vive un impresionante desarrollo económico, resultado natural del largo periodo de estabilidad política y de la importante entrada de capital extranjero. La economía crece a un ritmo del 2.7% anual, a diferencia del periodo anterior —desde la Independencia—, cuando el crecimiento fue negativo o en el mejor de los casos hubo un estancamiento. La riqueza nacional se duplica entre 1896 y 1905; el ingreso per cápita aumenta en promedio 5.1% anual entre 1893 y 1907; las exportaciones crecen seis veces y las finanzas públicas tienen un superávit en 1895, después de vivir un periodo de bancarrota permanente. Durante esta etapa, la sociedad mexicana evoluciona rápidamente. Sin embargo, el precio a pagar es muy alto: el desarrollo acelerado produjo grandes desequilibrios en su seno. Toda la estructura de una economía moderna fue instalada en el plazo de una generación: ferrocarriles, bancos, industria, crédito nacional en el extranjero, etcétera. Pero esta bonanza económica implicó la ampliación de la brecha que separaba a ricos y pobres. Los campesinos, por ejemplo, vivían sometidos a una verdadera servidumbre: el salario real de un peón en 1910 equivalía, aproximadamente, a una cuarta parte de lo que era en 1800. Además, existieron importantes desequilibrios en otros sectores: la inversión extranjera creó verdaderos emporios, pero provocó inflación, afectando a los salarios; la minería creó ciudades y pagó altos salarios, pero a costa de crear poblaciones flotantes e inestables, alterando regiones enteras; el ferrocarril acortó distancias, con la consecuente creación de mercados de mayor tamaño, pero a su vez, produjo una gran especulación en el precio de la tierra. La acelerada transformación económica, la “inmovilidad política del sistema, más una división y choque en la cúpula del poder, dieron por resultado una peligrosa mezcla de ambiciones y resentimientos políticos que finalmente estalló con gran fuerza al finalizar 1910, dando principio a ese complejo fenómeno que se conoce como la "Revolución Mexicana”.
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